Mi cuñada Pamela ahora es mi puta y cada que viene le doy su ración de verga

Esa tarde mi cuñada llegó de visita para quedarse toda la semana. Mi esposa aún no salía del trabajo y yo estaba en la sala cuando escuché ruidos en la cocina. Me asomé y casi se me para el corazón: estaba limpiando los trastes con una camisa a cuadros, sin nada debajo. Cada vez que se agachaba para agarrar una olla, su culo redondo y apretado se marcaba bajo la tela, como ofreciéndose. No sé si lo hacía a propósito, pero la muy perra sabía lo que provocaba. Sentí la sangre hirviéndome y no pude pensar en otra cosa. Me quité la ropa en dos segundos y caminé detrás de ella sin hacer ruido. Cuando puse mis manos en sus caderas y le apreté el culo, ella ni se inmutó. Al contrario, se inclinó un poco más sobre el lavabo, separando las piernas, como diciendo “toma lo que es tuyo”. Le bajé la camisa hasta dejar ese culo al aire y la penetré bien duro, parados ahí mismo, en la cocina. Ella soltaba gemidos húmedos mientras yo la follaba sin piedad, viendo cómo sus nalgas rebotaban contra mi pelvis. En un momento se dio la vuelta, me miró directo a los ojos y abrió una pierna sobre la encimera para que la siguiera follando sin parar. Esa fue la primera de muchas veces. Ahora cada que viene, sabe que va a recibir su dosis de verga bien metida.

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