La llamada era seria, pero mi novio cachondo no quiso esperar. Apenas levantó mi vestido, me puso en cuatro sobre la cama y me clavó la verga mientras yo intentaba hablar con la señorita del servicio al cliente. Entre jadeos y gemidos disimulados, me penetraba más fuerte, sabiendo que al otro lado del teléfono podían escuchar cada suspiro. El morbo me excitaba aún más: contestando preguntas mientras su polla mojada entraba sin parar. No importaba si me oían, lo único que quería era sentirlo duro reventándome el coño.
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