Siempre hubo tensión entre ellos. Su cuñada provocaba una atracción callada que ardía por dentro. Ella, hermosa, con un culo perfecto que le quitaba el aliento, al fin se atrevió a confesarlo: «Siempre te he deseado… quiero que me folles en un hotel». Y no hizo falta más. Apenas entraron a la habitación, la desnudó con hambre, la puso en cuatro y se la metió lento, saboreando cada centímetro. Ella gemía con fuerza, salvaje, ardiente. Follaron como si lo hubieran esperado toda la vida.
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