La apuesta del mundial salió cara para mi amiga, pero para mí fue el premio gordo. Llegó con ese jean azul que marcaba cada curva de su culo perfecto y una polerita blanca que dejaba ver sus pechos. Cuando le recordé la deuda, sonrió y se puso en perrito sobre mi cama. Bajé su jean hasta las rodillas, revelando esa tanga roja que desaparecía entre sus nalgas. Sin pensarlo dos veces, saqué mi verga y la introduje despacito, sintiendo cómo su coñito depilado se abría para mí. Cuando estaba bien caliente, se quitó el jean por completo y se giró para montarme dándome la espalda. Con la tanga todavía puesta, agarró mi pene y se lo metió sola, subiendo y bajando hasta que ambos explotamos de placer.
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